Pasaje 17

DISCIPLINA: PRECIOSA Y BRUTAL


Curaduría: Mariana Rodríguez Iglesias

Artistas:
Leila Córdoba, Solana Finkelstein, Marina Lazo, Agustina Leal, Agustina Mattar y Luciana Poggio Schapiro.

INAUGURACIÓN: miércoles 4 de junio 2014.
Hasta el 8 de julio de 2014

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TEXTO CURATORIAL

Disciplina: preciosa y brutal

Investigaciones artísticas y formas de la imaginación que exploran el compromiso, lo matérico y la técnica en conexión con la puesta en acto de la experimentación, el riesgo y lo frágil: seis casos que desafían a las disciplinas.

"Progresar es lo contrario a caminar en círculos.
[...] Sí… dentro del loop se avanza."
Diedrich Diederichsen

"Si no retrocede hasta el punto de partida,
no es arte,
aunque lo parezca"
César Aira

Las seis artistas que trabajaron para dar cuerpo a esta exposición se encuentran hoy en medio de un proceso de desarme “hasta la última tuerca” de los lenguajes que han elegido como propios. En el momento de rearmar lo aprendido no siguieron al pie de la letra el protocolo. Asumieron algunas desprolijidades bien intencionadas desacralizaron la técnica. La contaminaron a propósito. Decidieron hacerle lugar a la prueba y el error, hacer lo mismo una y mil veces, loopear la práctica. Ejercitar una disciplina en círculos, dentro de un loop, es lo que va construyendo un conocimiento circular. Pero cuidado, no se trata de volver simplemente al mismo lugar. Sino de que en el proceso se aprende porque se han tomado riesgos, porque se desarmó por entero el lenguaje con que se operaba y se lo articuló según otras premisas. Porque todo viaje por un paisaje ya conocido hasta obliga a dejar de mirar hacia afuera. Porque, como señala Diederichsen, “todo viaje hacia sí mismo incluye la necesidad de volver libremente a casa”. En su terreno, en los límites del juego y la libre experimentación del arte, se puede poner en práctica esta manera de acercarse al mundo. Podemos destacar la figura circular que se dibuja cuando lo que importa es el imperativo de entrenamiento y de preservación de esta inteligencia sensible. Un estado de alerta constante, de crítica siempre disponible en la punta de la lengua, de quinta pata al gato.

Así como los curadores muchas veces solicitamos a los artistas que lleven sus investigaciones dentro de ciertos marcos o en ciertas direcciones, en esta oportunidad fui yo la convocada por Pasaje 17 a producir una exposición, como se suele decir, “a pedido”. A las premisas de juventud y poca exposición pública que la galería me sugería yo agregué las mías, siguiendo mis propios criterios e intereses. Sabía que quería encontrar artistas en los que el trabajo plástico fuera un compromiso total y obras que dieran cuenta materialmente de esa dedicación. Algunas ideas estaban claras, aunque no eran más que estrellas de una constelación todavía desconocida: el trabajo, la disciplina, la experimentación, el pensamiento circular, el loop. Las pautas estaban dadas, todo lo demás fue un camino de encuentros y conversaciones, de escuchar a colegas y seguir en igual medida consejos e intuiciones. ¿qué quiero decir con trabajo plástico y compromiso? ¿qué es para mí dedicación a la materia? Me interesa que estas obras sean una manifestación de meditaciones con la materia. De un pensamiento tanto abstracto como altamente pragmático. De la capacidad que tiene la materia de oponerse a nuestro cuerpo y seguir reglas superiores, incluso para nosotros. De alguna manera, el lugar de humildad en el que forzosamente nos coloca. La tensión entre querer y poder, entre pensar y poner en acto. Entiendo que la pura especulación no me interesa como materia artística, por eso destaco a estas seis artistas porque cada una pasó a la acción con mayor o menor premeditación, siempre en la toma de riesgos.

Detrás de esta exhibición hay una sola pero potente idea. Que las seis artistas sostienen una estrecha, pero curiosa y desobediente, relación con lo material y con la disciplina. En tanto ejercicios poéticos y plásticos, encontramos seis maneras de comprometerse con la materia que cubren todo el rango que va desde el preciosismo hasta el brutalismo. En tanto exámen sobre lo disciplinar estamos frente a obras que ponen sus recursos técnicos constantemente en riesgo, se aplican a colocarse dentro de escenarios imprevisibles, en síntesis, obras que experimentan con los procedimientos abiertamente. Sin dudas, estamos frente a seis artistas con el coraje suficiente para desarmar los lenguajes que alguna vez decidieron estudiar en profundidad. Se animaron a retroceder hasta el punto de partida con la misión de volverlos a armar para estar paradas en un lugar completamente nuevo.

Agus Leal y Solana Finkelstein dan cuenta de un imaginario vinculado con el mundo de lo visible, con los organismo vivos y con lo mineral o fósil, respectivamente. En sendas maneras de representarlo observamos que tomaron la vía del preciosismo. En el caso de Agus, su pintura minuciosa y detallada reclama enseguida la presencia de un cuerpo, el nuestro y el de ella. En tanto fenómenos plástico, nuestro cuerpo es trasladado al magma de la creación que allí se representa, donde todo es agua y posibilidad, movimiento y fluir. Pero también es su cuerpo, el que podemos imaginar bien cerca de la tela. La intuimos dándole vida a esos seres con el aliento mismo de su respiración sobre el lienzo. En el caso de Solana lo precioso aparece como aquello que es apreciado, que es valorado por su carácter único: por ser una joya. Es una editora detallista de universo de formas que la naturaleza nos regala a diario. Podemos también entender esa mirada precisa como una manera de estar cerca, tal vez arrodillarse para encontrar un caracol, o estudiar un coral a pocos centímetros de los ojos. Para ambas artistas, su manera aplicada de brindar por las formas naturales es acortando las distancias, estableciendo un terreno común al goce por lo sensorial. Si el mundo de Agus es un mundo interior que ha explotado y se vincula con lo profuso y con el agua; el universo de Solana se acerca más al de un mundo exterior seleccionado y tratado con cuidado, todo esto vinculado a lo escaso y lo valioso, también al fuego y a la tierra.

En el caso de Luciana Poggio Schapiro y Marina Lazo el diálogo con la materia asume el carácter de la más brutal experimentación en dónde el accidente siempre puede ocurrir. El camino que ambas toman puede no ser el más feliz de todos, incluso puede corresponderse con estados de inseguridad. Ambas son maestras en sus disciplinas pero adoptan con alevosía la actitud desacralizada del aprendiz. Desde ese consiente estado de inseguridad, ponen a sus sistemas plásticos en situaciones desconocidas- ¿hasta dónde se sostendrán estas piezas si empiezo a apilarlas una sobre la otra? ¿cómo irá a responder este elemento si lo trata de esta forma?. Fuerzan no sólo a la técnica y los materiales que eligen, sino a ellas mismas a ir más allá de la incertidumbre y el miedo al riesgo. Trabajan, ambas, fuera del lugar cálido de lo conocido. En cerámica, trabajar sin una hoja de ruta específica y definida es la crónica de un desastre anunciado. Luciana pone en tensión la cerámica, la lleva al límite incluso en su propia esencia. Su gramática formal recurre a las maneras más básica de agrupamiento: apila, superpone, rejunta, genera asociaciones no permanentes y en buena medida, frágiles. Encontramos a ambas artistas preguntándose por el estatuto poético del detrito: lo que sobra al modelar una pieza, lo que el horno ha devuelto quebrado o lo que se destroza al ser manipulado. Esta atención hacia los desechos recuperados les da a sus obras un tinte póvera. En la obra de Marina, la filiación con esta corriente italiana se superpone a su tendencia a producir piezas brutalistas, en las que la belleza es el resultado atípico de la mezcla de materiales innobles. En ambos casos, la pobreza a la que aluden estas obras se da en lo material mismo y no como referente representacional. A Marina le interesa los elementos concretos- sus formas, sus pesos, sus posibilidades aquí y ahora- y las tensiones que estos producen a partir de su ingreso a un sistema particular. En sus esculturas nos muestra las relaciones de fuerza posibles, los constantes tires y afloje con el procedimiento pero también las asociaciones de “sentido”: suave/áspero, frío/caliente, nuevo/viejo. Consciente de que siempre se puede llegar a una frontera desconocida, lleva los materiales a lugares nuevos. Encuentra la forma de hacerle un lugar a las circunstancias.

Para esta ocasión, darle lugar al accidente fue también uno de los móviles llevó a Leila Córdoba a producir las piezas que vemos. Junto con Agustina Mattar son las dos artistas qué más cerca están de poéticas narrativas. Ambas comprendieron que una buena historia puede ser contada de manera fragmentaria, a partir de formas sencillas, básicas. Leila, es una excelente ceramista movilizada en esta oportunidad por la necesidad de llevar su amada técnica a otros territorios. Lo que exhibe en esta oportunidad es un sistema en el que conviven el dibujo y la cerámica, para quienes forzó sus límites y generó una zona intermedia: el terreno dialógico entre lo crudo y lo cocido. Entre un estado y el otro media el fuego. Es todo lo que se necesita para que un trozo de arcilla empiece a llamarse cerámica. Es, como vemos, el bautismo necesario, el aliento que nombra. En las piezas de Lella siempre hay fragilidad a la vista y sin embargo las formas de imaginación, su delicada intimidad expuesta, las hace fuertes. Su estado de vulnerabilidad exhibido con belleza es al mismo tiempo su antídoto. El terreno por dónde se mueve el imaginario de Agustina es también una exposición vulnerable, dado que nos muestra las frases que nunca diría aquella niña que alguna vez atesoró el amor ajeno a fuerza de silencios. El suyo es un mundo infantil pero rebelde, indignado, cansado de la inocencia. Si bien coquetea con lo kitsch, podríamos decir que el grotesco le sienta mejor. Esto se manifiesta en sus bordados y trabajos textiles, técnicas que se heredan dentro del seno familiar (ese círculo cerrado que ahora debe que escuchar lo que ella tiene para decirles). En manos de Agustina, estas técnicas son llevadas hasta un lugar que no es el tradicional: el de la escritura, la declamación, pero también el collage, lo que se desarma. Se apropia de elementos encontrados (los pañuelos) para construirse así su verdadero lugar en el sistema (poético, familiar).

Quiero agradecer a Ana Gallardo, Karina Granieri, Laura Ojeda Barr y Maria Crimella por escucharme y aconsejarme en la investigación. Mi amor y agradecimiento a Amapola por estar cerca y apoyarme en el camino. Todo mi respeto y admiración para las artistas que lo hicieron, hacen y harán posible, Leila Córdoba, Solana Finkelstein, Marina Lazo, Agustina Leal, Agustina Mattar y Luciana Poggio Schapiro.

Mariana Rodríguez Iglesias
Coghlan, otoño de 2014


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